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Solo soy una inmigrante de mierda

Montones de debates se hacen en la actualidad decidiendo la situación que deberían de tener los inmigrantes y refugiados políticos en diversos países que son potencia mundial. En algunos países como España se reciben a los inmigrantes y los dejan quedarse, sin embargo no les otorgan la residencia legal, por lo tanto les cuesta mucho trabajo poder conseguir un trabajo y sufren día a día diversas situaciones de discriminación en la calle

En pleno siglo XXI es difícil creer que aún existen muchos casos de discriminación y de racismo, ese pensamiento absurdo de la superioridad de las razas que tantas veces a hecho que diferentes personajes ‘históricos’ manchen de sangre y de violencia la Historia de la humanidad.

Actualmente el caso más sonado es que se vive en Estados Unidos, pues el mundo se quedo sorprendido al ver como el odio racista hacía que ganara las elecciones un candidato como Donald Trump después de haber dado declaraciones tan inhumanas contra los inmigrantes de Estados Unidos, en sus discursos siempre se dejó escuchar el odio que sentía hacia este grupo de personas. Pero ¿Qué fue lo que hizo que este personaje ganará las elecciones de un país tan importante?, ¿Que refleja la sociedad con estos resultados?…

Donald Trump resultó electro presidente de Estados Unidos significa que gran parte de la población estadounidense concuerda con su lamentable forma de pensar. Sin embargo nos hemos enfocado mucho en la sociedad estadounidense pero si somos más atentos, podemos observar que ese pensamiento también acompaña a la sociedad europea.

Una página española publicó hace unos días el testimonio y las palabras de una chica rumana que vive en España día a día la discriminación por ser inmigrante.

La mujer comenta que ella físicamente pasa desapercibida pues su color de piel es básicamente el de todo europeo, comenta que su acento rumano lo perdió hace tiempo intentando encajar en la sociedad española, comenta que en la calle nadie la discrimina pero cuando se enteran que es rumana la sociedad española la empieza a catalogar de prostituta, ratera u otras cosas a través de bromas ‘inocentes’ pero despectivas hacia su lugar de origen. La mujer rumana comenta las diferencias que existen entre ser un extranjero en España proveniente de países como Estados Unidos, Francia, Alemania o Inglaterra, y el ser una extranjera provenientes de países ‘menos’ importantes como el suyo. Esta chica agradece tener el color de piel que tiene pues se aterra de pensar las discriminaciones que puede sufrir una chica de un color piel diferente en el que sus orígenes puedan delatarse.  Este es el relato llamado, ‘Solo soy una inmigrante de mierda’:

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Sólo soy una inmigrante de mierda

Tengo la curiosa suerte de ser y no ser a la vez. No se me nota el acento, mis rasgos físicos no me delatan y, si quiero, puedo pasar desapercibida, confundirme con la masa y no decir de dónde vengo. Por lo menos al principio, los primeros días, las primeras semanas, y así puedo vivir en paz, alejada de los prejuicios, de las preguntas, de los estereotipos. Pero llega el momento de confesarlo, no hay más remedio porque, si no, ya estaría mintiendo.

Lo suelto y entonces observo en los ojos de mi interlocutor el mismo proceso de siempre. Veo como su cerebro está buscando todos los referentes que tiene de mi país de origen: “a ver, qué hay por aquí… prostitución… ese caso tan sonado de trata de blancas de aquel tipo tan siniestro, ¿cómo le llamaban? ah, Cabeza de Cerdo… robos en chalés… ay, la chica que viene a limpiar a casa también es rumana… mendicidad… carteristas… ‘Numa numa iei‘… y creo que ya está”.

Pero entonces me mira y no le acabo de encajar en ninguna parte. Parezco una persona normal (faltaría más, con el esfuerzo que hago por camuflarme), no tengo pinta de hacer la calle en ningún polígono industrial ni de dedicarme a birlar carteras en el metro. Entonces empiezan las preguntas y los comentarios típicos: “Vaya, pues no se te nota; ¿y tus padres son de allí?; ¿y hablas rumano?; ¿y con qué edad viniste? ah, pero entonces eres más española que rumana, ¿no?”.

¡Pues yo qué sé lo que soy! Es lo que tiene estar a caballo entre la primera y segunda generación inmigrante. Que tu socialización y tu educación se han dado en una lengua pero en tu casa se habla otra. Te has educado con una mentalidad, y unas tradiciones diferentes a las de tu entorno. En la calle eres una persona y en casa otra. En el lugar de acogida no acabas de encajar del todo, pero todavía menos en el de origen.

Además llevas intrínseco el complejo de inferioridad del emigrante económico o político e intentas integrarte a toda velocidad, aunque sea a costa de renunciar a tu propia lengua y cultura. Esa es la gran diferencia con los que vienen de grandes potencias internacionales, tipo Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Alemania. Ellos pueden pasarse aquí 20 años sin aprender el idioma porque no les da la gana, y ni se les ocurre borrar su acento o dejar de hablarles a sus hijos en su lengua.

La sociedad nos deja bien claro que ellos son expatriados y nosotros inmigrantes, que no valemos lo mismo, a ellos se les venera y a nosotros se nos tolera. Como tolerados, agachamos la cabeza y miramos a otro lado cuando vemos como otros de otros países, que ahora están mucho peor que nosotros, intentan llegar. Porque a veces haber sido repudiado no te hace más tolerante, al contrario, después de lo que te ha costado encontrar tu sitio, le pones la zancadilla al que viene después para no tener que repartir el pastel entre más hambrientos.

Así que nos escondemos. Cuando nos hacen alguna broma estúpida tipo “voy a guardar la cartera, no vaya a ser que me la robes”, incluso nos reímos, porque nos hemos acomodado al traje de ‘inmigrante de mierda’, nos hemos acostumbrado a que nos estereotipen, y ya casi ni nos duele.

Pero si a mí que soy mujer, blanca, europea, con estudios, con oportunidades, me ha costado aprender a convivir con el sutil drama de no acabar de pertenecer a ninguna parte, me desgarra el mero hecho de pensar como sería llevar la diferencia en la cara, en la piel o en el habla. O cómo sería huir a nado con mis niños de una guerra y que me reciban con una tienda de campaña en el lodo al lado de una barrera. Me estremezco unos segundos y luego sigo con mi vida, como tú, como todos. Porque al fin y al cabo solo son inmigrantes de mierda.

Grandes refugiados!

 

 

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Acerca de Flor de Guadalupe Ortíz Gómez (125 Artículos)
Mi pasión es la ciencia, la investigación y la ingeniería pero yo siempre he pensado que eso no esta peleado con el arte, la cultura, la literatura y el pensamiento critico. Soy mexicana pero actualmente vivo en Madrid, España. Mi propósito es generar contenido interesante en Internet de una forma bien fundamentada. Contáctame para cualquier comentario o sugerencia que tengas sobre la página o si deseas que publiquemos algo en tu nombre

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